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Foram encontradas 130 questões.

591814 Ano: 2012
Disciplina: Direito Constitucional
Banca: CESPE / CEBRASPE
Orgão: Câm. Deputados

No que se refere aos princípios, direitos e garantias fundamentais previstos constitucionalmente, julgue o item que se segue.

Os crimes de racismo e terrorismo são inafiançáveis, imprescritíveis e insuscetíveis de graça ou anistia.

 

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591813 Ano: 2012
Disciplina: Direito Constitucional
Banca: CESPE / CEBRASPE
Orgão: Câm. Deputados

A respeito da organização do Estado, julgue o item seguinte.

Servidor público federal aposentado que assumir cargo de vereador faz jus ao recebimento simultâneo dos proventos da aposentadoria e do subsídio de vereador.

 

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A respeito da organização do Estado, julgue o item seguinte.

As funções de confiança devem ser exercidas exclusivamente por servidores ocupantes de cargo efetivo.

 

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Texto para lo ítem

Dios para después de un secuestro

El desplome político y el aislamiento personal de la exsenadora franco-colombiana Ingrid Betancourt se fraguaron hace cuatro años, cuando cometió la torpeza de reclamar al Estado colombiano más de cinco millones de euros por las supuestas responsabilidades oficiales en su secuestro por las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC). La querellante, que estudia teología y griego antiguo en Oxford y reflexiona sobre la condición humana, recobró la libertad, vendió millones de libros y productores de campanillas quieren una película, pero Betancourt perdió el cariño de la mayoría de sus compatriotas, incapaces de entender su sablazo al Estado. Se desdijo — “era una cantidad simbólica” —, pero el aborrecimiento había cobrado vida propia.

Liberada en julio de 2008 tras seis años de cautividad, esta mujer resolutiva y valiente transitó en cuestión de días del cielo al infierno: de la apoteosis de París, Nueva York, Madrid y Roma al olvido y la malquerencia en Colombia.

El secuestro más mediático de la historia hirió de muerte su matrimonio. Lejos de abrazar a su marido con la pasión supuestamente acumulada durante seis años de ausencia, el día del reencuentro le saludó glacialmente, como si se hubieran despedido un día antes. Apenas esbozó una sonrisa cuando Juan Carlos Lecompte, perplejo, se atrevió a darle un beso en la mejilla, que ella no devolvió. Siempre abrazada a su madre, soltó un brazo para acariciar superficialmente el mentón de su esposo y decirle sin alegría ni emoción: “¿Qué hay de nuevo, Juaqui?”. Después le palmeó la mejilla con flojera y no hubo más. Aquella noche fue de separación de almas y cuerpos. Dos años después se divorciaron.

De poco le sirvió la creación de una fundación sobre derechos humanos, y conmovió lo justo el testimonio de su calvario, recogido en el libro No Hay Silencio que no Termine. No impresionó en su país tanto como en Europa o Estados Unidos, porque cientos de compatriotas secuestrados habían divulgado antes sus propias torturas y porque el horror se turnó con el espanto en la Colombia de los últimos cuatro decenios.

La temeridad le costó cara, pero pocos podrán negarle coraje en la denuncia de la corrupción y cobardía entre los políticos colombianos. Ingrid aún se duele del castigo, le cuesta sobrellevar las distorsiones o mentiras sobre su secuestro, la bilis vertida en Colombia cuando pidió los cinco millones, y la inquina de quienes redujeron su trayectoria política al capricho de una niñata afrancesada y consentida.

Internet: <www.elpais.com> (adaptado).

Considerando los aspectos semánticos y gramaticales del texto, juzgue lo ítem subsiguiente.

El sentido del texto quedaría modificado si le cambiáramos la expresión “la inquina” por la acusación.

 

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Texto para lo ítem

Dios para después de un secuestro

El desplome político y el aislamiento personal de la exsenadora franco-colombiana Ingrid Betancourt se fraguaron hace cuatro años, cuando cometió la torpeza de reclamar al Estado colombiano más de cinco millones de euros por las supuestas responsabilidades oficiales en su secuestro por las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC). La querellante, que estudia teología y griego antiguo en Oxford y reflexiona sobre la condición humana, recobró la libertad, vendió millones de libros y productores de campanillas quieren una película, pero Betancourt perdió el cariño de la mayoría de sus compatriotas, incapaces de entender su sablazo al Estado. Se desdijo — “era una cantidad simbólica” —, pero el aborrecimiento había cobrado vida propia.

Liberada en julio de 2008 tras seis años de cautividad, esta mujer resolutiva y valiente transitó en cuestión de días del cielo al infierno: de la apoteosis de París, Nueva York, Madrid y Roma al olvido y la malquerencia en Colombia.

El secuestro más mediático de la historia hirió de muerte su matrimonio. Lejos de abrazar a su marido con la pasión supuestamente acumulada durante seis años de ausencia, el día del reencuentro le saludó glacialmente, como si se hubieran despedido un día antes. Apenas esbozó una sonrisa cuando Juan Carlos Lecompte, perplejo, se atrevió a darle un beso en la mejilla, que ella no devolvió. Siempre abrazada a su madre, soltó un brazo para acariciar superficialmente el mentón de su esposo y decirle sin alegría ni emoción: “¿Qué hay de nuevo, Juaqui?”. Después le palmeó la mejilla con flojera y no hubo más. Aquella noche fue de separación de almas y cuerpos. Dos años después se divorciaron.

De poco le sirvió la creación de una fundación sobre derechos humanos, y conmovió lo justo el testimonio de su calvario, recogido en el libro No Hay Silencio que no Termine. No impresionó en su país tanto como en Europa o Estados Unidos, porque cientos de compatriotas secuestrados habían divulgado antes sus propias torturas y porque el horror se turnó con el espanto en la Colombia de los últimos cuatro decenios.

La temeridad le costó cara, pero pocos podrán negarle coraje en la denuncia de la corrupción y cobardía entre los políticos colombianos. Ingrid aún se duele del castigo, le cuesta sobrellevar las distorsiones o mentiras sobre su secuestro, la bilis vertida en Colombia cuando pidió los cinco millones, y la inquina de quienes redujeron su trayectoria política al capricho de una niñata afrancesada y consentida.

Internet: <www.elpais.com> (adaptado).

Considerando los aspectos semánticos y gramaticales del texto, juzgue lo ítem subsiguiente.

El sentido del texto sería preservado si le cambiáramos el trecho “La temeridad le costó cara” por El atrevimiento le costó caro.

 

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Texto para lo ítem

Dios para después de un secuestro

El desplome político y el aislamiento personal de la exsenadora franco-colombiana Ingrid Betancourt se fraguaron hace cuatro años, cuando cometió la torpeza de reclamar al Estado colombiano más de cinco millones de euros por las supuestas responsabilidades oficiales en su secuestro por las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC). La querellante, que estudia teología y griego antiguo en Oxford y reflexiona sobre la condición humana, recobró la libertad, vendió millones de libros y productores de campanillas quieren una película, pero Betancourt perdió el cariño de la mayoría de sus compatriotas, incapaces de entender su sablazo al Estado. Se desdijo — “era una cantidad simbólica” —, pero el aborrecimiento había cobrado vida propia.

Liberada en julio de 2008 tras seis años de cautividad, esta mujer resolutiva y valiente transitó en cuestión de días del cielo al infierno: de la apoteosis de París, Nueva York, Madrid y Roma al olvido y la malquerencia en Colombia.

El secuestro más mediático de la historia hirió de muerte su matrimonio. Lejos de abrazar a su marido con la pasión supuestamente acumulada durante seis años de ausencia, el día del reencuentro le saludó glacialmente, como si se hubieran despedido un día antes. Apenas esbozó una sonrisa cuando Juan Carlos Lecompte, perplejo, se atrevió a darle un beso en la mejilla, que ella no devolvió. Siempre abrazada a su madre, soltó un brazo para acariciar superficialmente el mentón de su esposo y decirle sin alegría ni emoción: “¿Qué hay de nuevo, Juaqui?”. Después le palmeó la mejilla con flojera y no hubo más. Aquella noche fue de separación de almas y cuerpos. Dos años después se divorciaron.

De poco le sirvió la creación de una fundación sobre derechos humanos, y conmovió lo justo el testimonio de su calvario, recogido en el libro No Hay Silencio que no Termine. No impresionó en su país tanto como en Europa o Estados Unidos, porque cientos de compatriotas secuestrados habían divulgado antes sus propias torturas y porque el horror se turnó con el espanto en la Colombia de los últimos cuatro decenios.

La temeridad le costó cara, pero pocos podrán negarle coraje en la denuncia de la corrupción y cobardía entre los políticos colombianos. Ingrid aún se duele del castigo, le cuesta sobrellevar las distorsiones o mentiras sobre su secuestro, la bilis vertida en Colombia cuando pidió los cinco millones, y la inquina de quienes redujeron su trayectoria política al capricho de una niñata afrancesada y consentida.

Internet: <www.elpais.com> (adaptado).

Juzgue lo próximo ítem de acuerdo con las ideas del texto.

Los estudios que Betancourt ha decidido realizar en Oxford son básicamente fruto del tedio que ella ha sentido en los últimos años.

 

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Dios para después de un secuestro

El desplome político y el aislamiento personal de la exsenadora franco-colombiana Ingrid Betancourt se fraguaron hace cuatro años, cuando cometió la torpeza de reclamar al Estado colombiano más de cinco millones de euros por las supuestas responsabilidades oficiales en su secuestro por las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC). La querellante, que estudia teología y griego antiguo en Oxford y reflexiona sobre la condición humana, recobró la libertad, vendió millones de libros y productores de campanillas quieren una película, pero Betancourt perdió el cariño de la mayoría de sus compatriotas, incapaces de entender su sablazo al Estado. Se desdijo — “era una cantidad simbólica” —, pero el aborrecimiento había cobrado vida propia.

Liberada en julio de 2008 tras seis años de cautividad, esta mujer resolutiva y valiente transitó en cuestión de días del cielo al infierno: de la apoteosis de París, Nueva York, Madrid y Roma al olvido y la malquerencia en Colombia.

El secuestro más mediático de la historia hirió de muerte su matrimonio. Lejos de abrazar a su marido con la pasión supuestamente acumulada durante seis años de ausencia, el día del reencuentro le saludó glacialmente, como si se hubieran despedido un día antes. Apenas esbozó una sonrisa cuando Juan Carlos Lecompte, perplejo, se atrevió a darle un beso en la mejilla, que ella no devolvió. Siempre abrazada a su madre, soltó un brazo para acariciar superficialmente el mentón de su esposo y decirle sin alegría ni emoción: “¿Qué hay de nuevo, Juaqui?”. Después le palmeó la mejilla con flojera y no hubo más. Aquella noche fue de separación de almas y cuerpos. Dos años después se divorciaron.

De poco le sirvió la creación de una fundación sobre derechos humanos, y conmovió lo justo el testimonio de su calvario, recogido en el libro No Hay Silencio que no Termine. No impresionó en su país tanto como en Europa o Estados Unidos, porque cientos de compatriotas secuestrados habían divulgado antes sus propias torturas y porque el horror se turnó con el espanto en la Colombia de los últimos cuatro decenios.

La temeridad le costó cara, pero pocos podrán negarle coraje en la denuncia de la corrupción y cobardía entre los políticos colombianos. Ingrid aún se duele del castigo, le cuesta sobrellevar las distorsiones o mentiras sobre su secuestro, la bilis vertida en Colombia cuando pidió los cinco millones, y la inquina de quienes redujeron su trayectoria política al capricho de una niñata afrancesada y consentida.

Internet: <www.elpais.com> (adaptado).

Juzgue lo próximo ítem de acuerdo con las ideas del texto.

El desmoronamiento de la vida pública de Betancourt se produjo tras solicitar una indemnización al Estado colombiano.

 

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Dios para después de un secuestro

El desplome político y el aislamiento personal de la exsenadora franco-colombiana Ingrid Betancourt se fraguaron hace cuatro años, cuando cometió la torpeza de reclamar al Estado colombiano más de cinco millones de euros por las supuestas responsabilidades oficiales en su secuestro por las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC). La querellante, que estudia teología y griego antiguo en Oxford y reflexiona sobre la condición humana, recobró la libertad, vendió millones de libros y productores de campanillas quieren una película, pero Betancourt perdió el cariño de la mayoría de sus compatriotas, incapaces de entender su sablazo al Estado. Se desdijo — “era una cantidad simbólica” —, pero el aborrecimiento había cobrado vida propia.

Liberada en julio de 2008 tras seis años de cautividad, esta mujer resolutiva y valiente transitó en cuestión de días del cielo al infierno: de la apoteosis de París, Nueva York, Madrid y Roma al olvido y la malquerencia en Colombia.

El secuestro más mediático de la historia hirió de muerte su matrimonio. Lejos de abrazar a su marido con la pasión supuestamente acumulada durante seis años de ausencia, el día del reencuentro le saludó glacialmente, como si se hubieran despedido un día antes. Apenas esbozó una sonrisa cuando Juan Carlos Lecompte, perplejo, se atrevió a darle un beso en la mejilla, que ella no devolvió. Siempre abrazada a su madre, soltó un brazo para acariciar superficialmente el mentón de su esposo y decirle sin alegría ni emoción: “¿Qué hay de nuevo, Juaqui?”. Después le palmeó la mejilla con flojera y no hubo más. Aquella noche fue de separación de almas y cuerpos. Dos años después se divorciaron.

De poco le sirvió la creación de una fundación sobre derechos humanos, y conmovió lo justo el testimonio de su calvario, recogido en el libro No Hay Silencio que no Termine. No impresionó en su país tanto como en Europa o Estados Unidos, porque cientos de compatriotas secuestrados habían divulgado antes sus propias torturas y porque el horror se turnó con el espanto en la Colombia de los últimos cuatro decenios.

La temeridad le costó cara, pero pocos podrán negarle coraje en la denuncia de la corrupción y cobardía entre los políticos colombianos. Ingrid aún se duele del castigo, le cuesta sobrellevar las distorsiones o mentiras sobre su secuestro, la bilis vertida en Colombia cuando pidió los cinco millones, y la inquina de quienes redujeron su trayectoria política al capricho de una niñata afrancesada y consentida.

Internet: <www.elpais.com> (adaptado).

Juzgue lo próximo ítem de acuerdo con las ideas del texto.

La línea argumentativa del texto está basada en una acérrima crítica a lo que califica como “torpeza de reclamar al Estado colombiano más de cinco millones de euros”.

 

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Dios para después de un secuestro

El desplome político y el aislamiento personal de la exsenadora franco-colombiana Ingrid Betancourt se fraguaron hace cuatro años, cuando cometió la torpeza de reclamar al Estado colombiano más de cinco millones de euros por las supuestas responsabilidades oficiales en su secuestro por las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC). La querellante, que estudia teología y griego antiguo en Oxford y reflexiona sobre la condición humana, recobró la libertad, vendió millones de libros y productores de campanillas quieren una película, pero Betancourt perdió el cariño de la mayoría de sus compatriotas, incapaces de entender su sablazo al Estado. Se desdijo — “era una cantidad simbólica” —, pero el aborrecimiento había cobrado vida propia.

Liberada en julio de 2008 tras seis años de cautividad, esta mujer resolutiva y valiente transitó en cuestión de días del cielo al infierno: de la apoteosis de París, Nueva York, Madrid y Roma al olvido y la malquerencia en Colombia.

El secuestro más mediático de la historia hirió de muerte su matrimonio. Lejos de abrazar a su marido con la pasión supuestamente acumulada durante seis años de ausencia, el día del reencuentro le saludó glacialmente, como si se hubieran despedido un día antes. Apenas esbozó una sonrisa cuando Juan Carlos Lecompte, perplejo, se atrevió a darle un beso en la mejilla, que ella no devolvió. Siempre abrazada a su madre, soltó un brazo para acariciar superficialmente el mentón de su esposo y decirle sin alegría ni emoción: “¿Qué hay de nuevo, Juaqui?”. Después le palmeó la mejilla con flojera y no hubo más. Aquella noche fue de separación de almas y cuerpos. Dos años después se divorciaron.

De poco le sirvió la creación de una fundación sobre derechos humanos, y conmovió lo justo el testimonio de su calvario, recogido en el libro No Hay Silencio que no Termine. No impresionó en su país tanto como en Europa o Estados Unidos, porque cientos de compatriotas secuestrados habían divulgado antes sus propias torturas y porque el horror se turnó con el espanto en la Colombia de los últimos cuatro decenios.

La temeridad le costó cara, pero pocos podrán negarle coraje en la denuncia de la corrupción y cobardía entre los políticos colombianos. Ingrid aún se duele del castigo, le cuesta sobrellevar las distorsiones o mentiras sobre su secuestro, la bilis vertida en Colombia cuando pidió los cinco millones, y la inquina de quienes redujeron su trayectoria política al capricho de una niñata afrancesada y consentida.

Internet: <www.elpais.com> (adaptado).

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En la “Colombia de los últimos cuatro decenios” a nadie le importan los secuestros y torturas.

 

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El desplome político y el aislamiento personal de la exsenadora franco-colombiana Ingrid Betancourt se fraguaron hace cuatro años, cuando cometió la torpeza de reclamar al Estado colombiano más de cinco millones de euros por las supuestas responsabilidades oficiales en su secuestro por las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC). La querellante, que estudia teología y griego antiguo en Oxford y reflexiona sobre la condición humana, recobró la libertad, vendió millones de libros y productores de campanillas quieren una película, pero Betancourt perdió el cariño de la mayoría de sus compatriotas, incapaces de entender su sablazo al Estado. Se desdijo — “era una cantidad simbólica” —, pero el aborrecimiento había cobrado vida propia.

Liberada en julio de 2008 tras seis años de cautividad, esta mujer resolutiva y valiente transitó en cuestión de días del cielo al infierno: de la apoteosis de París, Nueva York, Madrid y Roma al olvido y la malquerencia en Colombia.

El secuestro más mediático de la historia hirió de muerte su matrimonio. Lejos de abrazar a su marido con la pasión supuestamente acumulada durante seis años de ausencia, el día del reencuentro le saludó glacialmente, como si se hubieran despedido un día antes. Apenas esbozó una sonrisa cuando Juan Carlos Lecompte, perplejo, se atrevió a darle un beso en la mejilla, que ella no devolvió. Siempre abrazada a su madre, soltó un brazo para acariciar superficialmente el mentón de su esposo y decirle sin alegría ni emoción: “¿Qué hay de nuevo, Juaqui?”. Después le palmeó la mejilla con flojera y no hubo más. Aquella noche fue de separación de almas y cuerpos. Dos años después se divorciaron.

De poco le sirvió la creación de una fundación sobre derechos humanos, y conmovió lo justo el testimonio de su calvario, recogido en el libro No Hay Silencio que no Termine. No impresionó en su país tanto como en Europa o Estados Unidos, porque cientos de compatriotas secuestrados habían divulgado antes sus propias torturas y porque el horror se turnó con el espanto en la Colombia de los últimos cuatro decenios.

La temeridad le costó cara, pero pocos podrán negarle coraje en la denuncia de la corrupción y cobardía entre los políticos colombianos. Ingrid aún se duele del castigo, le cuesta sobrellevar las distorsiones o mentiras sobre su secuestro, la bilis vertida en Colombia cuando pidió los cinco millones, y la inquina de quienes redujeron su trayectoria política al capricho de una niñata afrancesada y consentida.

Internet: <www.elpais.com> (adaptado).

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A Ingrid Betancourt no le duele en absoluto la aversión de sus detractores que la acusan, entre otras cosas, de cierta petulancia y altivez.

 

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