Foram encontradas 10.681 questões.
En el bar La Vuelta suena una canción. Quique González está cantando y él percibe lo que dice el estribillo: Estoy cansado de perder. Le gusta la canción, pero no es lo mejor para empezar. Es el único cliente, lo que hace que se sienta aliviado y tranquilo. Nadie podrá preguntarle nada. Los camareros, Antonio y Enrique, lo conocen. Y, ya se sabe, los de verdad escuchan, callan y hablan si el cliente les da conversación. Su vida ha llegado a un punto en el que las preguntas son molestas. Sobre todo la más simple y cortés: ¿Cómo estás? No parece lo que es, un hombre solo y triste. Viste bien, la ropa soporta el paso de tiempos mejores. Nadie diría lo que es. Sobrelleva que le den los buenos días, aguanta el intercambio ritual del estado del tiempo y poco más. Sólo bebe café, y agradece que quieran invitarle a una copa, pero a ese punto en el que el alcohol mañanero define el día no quiere llegar. Ni siquiera comenta la prensa deportiva. En otros tiempos la eliminación del Barça en Champions, o los cuatro goles que el sábado le metió al Villarreal, hubieran sido argumento para bromas e ironías. Pero no están las cosas para eso, y menos para perder el tiempo. Nunca pensó que perderlo en sus circunstancias iba a resultar tan oneroso para su ánimo. Habla poco, y en el bar lo saben. Las miradas son elocuentes. Si con los ojos se entienden, para qué utilizar las palabras. En casa, el lenguaje de los ojos es inútil. Las preguntas, por muy cariñosas que sean, pesan como losas. Quiere a su mujer, pero la quiere con la pena que marcan los días sin expectativas. A sus hijos procura no verlos, por eso se va antes de que ellos despierten. Ante el primer café mira el reloj: las ocho de la mañana. Dios, piensa, qué largos son los días para los que deseamos que sean cortos. Mientras repara en este deseo que ya dura cerca de dos años abre el periódico: «Se confirma el dato destripado por ABC el martes: 4.600.000 españoles buscan un trabajo que no encuentran». Son demasiados. Quizás haya más posibilidades si juego a la lotería, piensa.
En la radio un periodista se lamenta ante sus oyentes porque no tiene ninguna noticia buena para dar, sólo la del tiempo primaveral que, para colmo, va a durar poco. ¡Cómo está el país!, dice alguien. El hombre apura el café y escucha la voz de Zapatero por la radio: Hay signos de que lo peor ya ha pasado. Deja unas monedas y, cuando sale a la calle, siente un dolor en la sien. Lo reconoce. Pasa cuando se pregunta, ¿y ahora adónde voy? Con paso cansino marcha a El Retiro. Allí, sentado en el mismo banco de todos los mismos días piensa: Pero, cómo puede decir ese hombre que lo peor ha pasado, cómo puede decirlo. Son las 8,15 de la mañana. Y está empezando el día también para él.
Félix Madero (Periódico El ABC, Madrid, España, 03.05.2010)
La opción que no está de acuerdo con el verdadero momento del Señor Gonzáles es
Provas
En el bar La Vuelta suena una canción. Quique González está cantando y él percibe lo que dice el estribillo: Estoy cansado de perder. Le gusta la canción, pero no es lo mejor para empezar. Es el único cliente, lo que hace que se sienta aliviado y tranquilo. Nadie podrá preguntarle nada. Los camareros, Antonio y Enrique, lo conocen. Y, ya se sabe, los de verdad escuchan, callan y hablan si el cliente les da conversación. Su vida ha llegado a un punto en el que las preguntas son molestas. Sobre todo la más simple y cortés: ¿Cómo estás? No parece lo que es, un hombre solo y triste. Viste bien, la ropa soporta el paso de tiempos mejores. Nadie diría lo que es. Sobrelleva que le den los buenos días, aguanta el intercambio ritual del estado del tiempo y poco más. Sólo bebe café, y agradece que quieran invitarle a una copa, pero a ese punto en el que el alcohol mañanero define el día no quiere llegar. Ni siquiera comenta la prensa deportiva. En otros tiempos la eliminación del Barça en Champions, o los cuatro goles que el sábado le metió al Villarreal, hubieran sido argumento para bromas e ironías. Pero no están las cosas para eso, y menos para perder el tiempo. Nunca pensó que perderlo en sus circunstancias iba a resultar tan oneroso para su ánimo. Habla poco, y en el bar lo saben. Las miradas son elocuentes. Si con los ojos se entienden, para qué utilizar las palabras. En casa, el lenguaje de los ojos es inútil. Las preguntas, por muy cariñosas que sean, pesan como losas. Quiere a su mujer, pero la quiere con la pena que marcan los días sin expectativas. A sus hijos procura no verlos, por eso se va antes de que ellos despierten. Ante el primer café mira el reloj: las ocho de la mañana. Dios, piensa, qué largos son los días para los que deseamos que sean cortos. Mientras repara en este deseo que ya dura cerca de dos años abre el periódico: «Se confirma el dato destripado por ABC el martes: 4.600.000 españoles buscan un trabajo que no encuentran». Son demasiados. Quizás haya más posibilidades si juego a la lotería, piensa.
En la radio un periodista se lamenta ante sus oyentes porque no tiene ninguna noticia buena para dar, sólo la del tiempo primaveral que, para colmo, va a durar poco. ¡Cómo está el país!, dice alguien. El hombre apura el café y escucha la voz de Zapatero por la radio: Hay signos de que lo peor ya ha pasado. Deja unas monedas y, cuando sale a la calle, siente un dolor en la sien. Lo reconoce. Pasa cuando se pregunta, ¿y ahora adónde voy? Con paso cansino marcha a El Retiro. Allí, sentado en el mismo banco de todos los mismos días piensa: Pero, cómo puede decir ese hombre que lo peor ha pasado, cómo puede decirlo. Son las 8,15 de la mañana. Y está empezando el día también para él.
Félix Madero (Periódico El ABC, Madrid, España, 03.05.2010)
Tras la lectura del texto, podemos afirmar que Quique González
Provas
Provas
Provas
Provas
Provas
Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo. Macondo era entonces una aldea de veinte casas de barro y cañabrava construidas a la orilla de un río de aguas diáfanas que se precipitaban por un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos. El mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo. Todos los años, por el mes de marzo, una familia de gitanos desarrapados plantaba su carpa cerca de la aldea, y con un grande alboroto de pitos y timbales daban a conocer los nuevos inventos. Primero llevaron el imán. Un gitano corpulento, de barba montaraz y manos de gorrión, que se presentó con el nombre de Melquíades, hizo una truculenta demostración pública de lo que él mismo llamaba la octava maravilla de los sabios alquimistas de Macedonia. Fue de casa en casa arrastrando los lingotes metálicos, y todo el mundo se espantó al ver que los calderos, las pailas, las tenazas y los anafes se caían de su sitio, y las maderas crujían por la desesperación de los clavos y los tornillos tratando de desenclavarse, y aun los objetos perdidos desde hacía mucho tiempo aparecían por donde más se les había buscado, y se arrastraban en desbandada turbulenta detrás de los fierros mágicos de Melquíades.
“Las cosas tienen vida propia _ pregonaba el gitano con áspero acento _, todo es cuestión de despertarles el ánima.”
GARCIA MÁRQUEZ, Gabriel – Cien años de soledad,
Buenos Aires, Editorial Sudamericana, 1970.
Señale la opción INCORRECTA en cuanto a la ortografía de las letras:
Provas
Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo. Macondo era entonces una aldea de veinte casas de barro y cañabrava construidas a la orilla de un río de aguas diáfanas que se precipitaban por un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos. El mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo. Todos los años, por el mes de marzo, una familia de gitanos desarrapados plantaba su carpa cerca de la aldea, y con un grande alboroto de pitos y timbales daban a conocer los nuevos inventos. Primero llevaron el imán. Un gitano corpulento, de barba montaraz y manos de gorrión, que se presentó con el nombre de Melquíades, hizo una truculenta demostración pública de lo que él mismo llamaba la octava maravilla de los sabios alquimistas de Macedonia. Fue de casa en casa arrastrando los lingotes metálicos, y todo el mundo se espantó al ver que los calderos, las pailas, las tenazas y los anafes se caían de su sitio, y las maderas crujían por la desesperación de los clavos y los tornillos tratando de desenclavarse, y aun los objetos perdidos desde hacía mucho tiempo aparecían por donde más se les había buscado, y se arrastraban en desbandada turbulenta detrás de los fierros mágicos de Melquíades.
“Las cosas tienen vida propia _ pregonaba el gitano con áspero acento _, todo es cuestión de despertarles el ánima.”
GARCIA MÁRQUEZ, Gabriel – Cien años de soledad,
Buenos Aires, Editorial Sudamericana, 1970.
Complete las frases y después señale la opción correcta:
I – vino de Madrid y yo de Salamanca.
II – Necesito dinero.
III – Ya hemos dicho que .
IV – no llegaron de viaje.
V – Han traído unos regalos para .
Provas
Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo. Macondo era entonces una aldea de veinte casas de barro y cañabrava construidas a la orilla de un río de aguas diáfanas que se precipitaban por un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos. El mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo. Todos los años, por el mes de marzo, una familia de gitanos desarrapados plantaba su carpa cerca de la aldea, y con un grande alboroto de pitos y timbales daban a conocer los nuevos inventos. Primero llevaron el imán. Un gitano corpulento, de barba montaraz y manos de gorrión, que se presentó con el nombre de Melquíades, hizo una truculenta demostración pública de lo que él mismo llamaba la octava maravilla de los sabios alquimistas de Macedonia. Fue de casa en casa arrastrando los lingotes metálicos, y todo el mundo se espantó al ver que los calderos, las pailas, las tenazas y los anafes se caían de su sitio, y las maderas crujían por la desesperación de los clavos y los tornillos tratando de desenclavarse, y aun los objetos perdidos desde hacía mucho tiempo aparecían por donde más se les había buscado, y se arrastraban en desbandada turbulenta detrás de los fierros mágicos de Melquíades.
“Las cosas tienen vida propia _ pregonaba el gitano con áspero acento _, todo es cuestión de despertarles el ánima.”
GARCIA MÁRQUEZ, Gabriel – Cien años de soledad,
Buenos Aires, Editorial Sudamericana, 1970.
La palabra imán, presentada en el texto, forma parte de un grupo de palabras llamado heterotónicos. La secuencia abajo que pertenece a este mismo grupo de palabras es:
Provas
Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo. Macondo era entonces una aldea de veinte casas de barro y cañabrava construidas a la orilla de un río de aguas diáfanas que se precipitaban por un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos. El mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo. Todos los años, por el mes de marzo, una familia de gitanos desarrapados plantaba su carpa cerca de la aldea, y con un grande alboroto de pitos y timbales daban a conocer los nuevos inventos. Primero llevaron el imán. Un gitano corpulento, de barba montaraz y manos de gorrión, que se presentó con el nombre de Melquíades, hizo una truculenta demostración pública de lo que él mismo llamaba la octava maravilla de los sabios alquimistas de Macedonia. Fue de casa en casa arrastrando los lingotes metálicos, y todo el mundo se espantó al ver que los calderos, las pailas, las tenazas y los anafes se caían de su sitio, y las maderas crujían por la desesperación de los clavos y los tornillos tratando de desenclavarse, y aun los objetos perdidos desde hacía mucho tiempo aparecían por donde más se les había buscado, y se arrastraban en desbandada turbulenta detrás de los fierros mágicos de Melquíades.
“Las cosas tienen vida propia _ pregonaba el gitano con áspero acento _, todo es cuestión de despertarles el ánima.”
GARCIA MÁRQUEZ, Gabriel – Cien años de soledad,
Buenos Aires, Editorial Sudamericana, 1970.
Lee los fragmentos siguientes, luego, contesta:
I. “…muchas cosas carecían de nombre…”
II. “…hizo una truculenta demostración pública…”
III. “… y todo el mundo se espantó…”
IV. “…por donde más se les había buscado…”
V. “…pregonaba el gitano con áspero acento…”
Las alternativas abajo clasifican correctamente los verbos subrayados, EXCEPTO:
Provas
Caderno Container