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To answer questions 31 to 40, read the text below.

Round Up: New William Hodgson Editions

The British Library's Tales of the Weird series has arguably been leading the charge in the mainstream reissuing of classic and obscure weird works, issuing thoughtfully curated collections on a near-monthly basis since July 2018. At time of writing, there have been over 60 volumes released under this imprint, with many more lined up.

Not only was a collection of William Hope Hodgson's short stories an early inclusion (The Weird Tales of William Hope Hodgson, April 2019), but Hodgson is unique in having had two of his novels issued in the same line: The House on the Borderland (October 2023) and The Night Land (May 2024), both with an introduction by Ann VanderMeer. Only a handful of novels have been published in the Tales of the Weird series (the vast majority of volumes are short story collections), so it is remarkable that two of WHH's novels have been chosen for inclusion.

Penguin books have recently gotten in on the action, launching their own Penguin Weird Fiction range in October last year. Five books were published simultaneously - Hodgson's The House on the Borderland again being included - all with cover art "inspired by 1970s Penguin genre paperbacks". This isn't the first time Borderland has been published by Penguin: it was included as part of their (seemingly inconsistently labelled) Red Classics / Gothic Classics series back in 2008. At any rate, it's great to see Hodgson back in print with such a high profile publishing house.

Fonte: https://hodgsoniana.wordpress.com/2025/06/25/round-up-new-hodgson-editions/

About the sentence "has arguably been leading" (first paragraph), mark the alternative that best describe it.

 

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Para responder a las preguntas 31 a 40, lea el texto a continuación.

Museos, memoria y rigor

Cuando los museos históricos se convierten en espacios de intervención narrativa, el problema ya no es qué se muestra, sino cómo se construye el sentido de lo mostrado.

En las últimas semanas se informó sobre la remoción u ocultamiento de determinadas piezas en el Museo Malvinas e Islas del Atlántico Sur, ante una eventual visita del presidente de la Nación Más allá de las razones concretas - que algunos atribuyen a un exceso de celo por parte de funcionarios obsequiosos -, el episodio ofrece una oportunidad para una reflexión más amplia.

Hay instituciones que, por su propia naturaleza, están obligadas a una forma particular de prudencia. Los museos históricos son una de ellas. Su autoridad descansa precisamente en la confianza del visitante en que lo que allí se exhibe ha sido seleccionado, ordenado y contextualizado con un mínimo de rigor. Esa confianza es frágil y se resiente si el museo deja de ser un espacio de reconstrucción para convertirse en un espacio de intervención.

El reciente debate en torno a lo ocurrido en ese museo - presentado en algunos ámbitos como un episodio de censura y en otros como una corrección de contenidos - revela, en el fondo, una dificultad más profunda: la tentación de utilizar el espacio museográfico como herramienta de una narrativa cerrada, impermeable a matices. El problema no es nuevo. La historia argentina reciente - atravesada por la violencia política, la represión ilegal y la guerra de 1982 - es particularmente sensible a este tipo de operaciones.

En ese contexto, el museo debería ofrecer algo que hoy parece escaso: complejidad. Porque complejidad no significa relativizar los hechos. Significa, por el contrario, resistir la tentación de simplificarlos.

Un museo sobre Malvinas no puede reducirse a una épica sin fisuras, pero tampoco a una lectura exclusivamente crítica que diluya el significado que ese episodio tiene para amplios sectores de la sociedad.

La cuestión de fondo es si el museo conserva su vocación de espacio de conocimiento o si se transforma, gradualmente, en un dispositivo de persuasión. Porque la diferencia no es menor. Un museo que enseña expone tensiones. Un museo que persuade las resuelve de antemano. Y cuando eso ocurre, el visitante ya no recorre una historia: recorre una conclusión con una carga ideologica.

Tal vez el desafío más exigente de nuestras instituciones culturales no sea tomar partido, sino sostener el rigor incluso cuando el tema invita a abandonarlo. Porque si algo no puede permitirse un museo histórico es convertir la memoria en un argumento.

Adaptado de: https://www.lanacion.com.arleditoriales/museos-memoria-y-rigor-nid21042026/

En el marco de la acentuación gráfica del espaõol y la clasificación de palabras según la posición de la sílaba tónica, identifique cuál de los siguientes vocablos NO corresponde a una palabra esdrújula.

 

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Museos, memoria y rigor

Cuando los museos históricos se convierten en espacios de intervención narrativa, el problema ya no es qué se muestra, sino cómo se construye el sentido de lo mostrado.

En las últimas semanas se informó sobre la remoción u ocultamiento de determinadas piezas en el Museo Malvinas e Islas del Atlántico Sur, ante una eventual visita del presidente de la Nación Más allá de las razones concretas - que algunos atribuyen a un exceso de celo por parte de funcionarios obsequiosos -, el episodio ofrece una oportunidad para una reflexión más amplia.

Hay instituciones que, por su propia naturaleza, están obligadas a una forma particular de prudencia. Los museos históricos son una de ellas. Su autoridad descansa precisamente en la confianza del visitante en que lo que allí se exhibe ha sido seleccionado, ordenado y contextualizado con un mínimo de rigor. Esa confianza es frágil y se resiente si el museo deja de ser un espacio de reconstrucción para convertirse en un espacio de intervención.

El reciente debate en torno a lo ocurrido en ese museo - presentado en algunos ámbitos como un episodio de censura y en otros como una corrección de contenidos - revela, en el fondo, una dificultad más profunda: la tentación de utilizar el espacio museográfico como herramienta de una narrativa cerrada, impermeable a matices. El problema no es nuevo. La historia argentina reciente - atravesada por la violencia política, la represión ilegal y la guerra de 1982 - es particularmente sensible a este tipo de operaciones.

En ese contexto, el museo debería ofrecer algo que hoy parece escaso: complejidad. Porque complejidad no significa relativizar los hechos. Significa, por el contrario, resistir la tentación de simplificarlos.

Un museo sobre Malvinas no puede reducirse a una épica sin fisuras, pero tampoco a una lectura exclusivamente crítica que diluya el significado que ese episodio tiene para amplios sectores de la sociedad.

La cuestión de fondo es si el museo conserva su vocación de espacio de conocimiento o si se transforma, gradualmente, en un dispositivo de persuasión. Porque la diferencia no es menor. Un museo que enseña expone tensiones. Un museo que persuade las resuelve de antemano. Y cuando eso ocurre, el visitante ya no recorre una historia: recorre una conclusión con una carga ideologica.

Tal vez el desafío más exigente de nuestras instituciones culturales no sea tomar partido, sino sostener el rigor incluso cuando el tema invita a abandonarlo. Porque si algo no puede permitirse un museo histórico es convertir la memoria en un argumento.

Adaptado de: https://www.lanacion.com.arleditoriales/museos-memoria-y-rigor-nid21042026/

Considere el fragmento del texto: Hay instituciones que, por su propia naturaleza, están obligadas a una forma particular de prudencia. En este contexto, la palabra prudencia se clasifica morfológicamente como:

 

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Museos, memoria y rigor

Cuando los museos históricos se convierten en espacios de intervención narrativa, el problema ya no es qué se muestra, sino cómo se construye el sentido de lo mostrado.

En las últimas semanas se informó sobre la remoción u ocultamiento de determinadas piezas en el Museo Malvinas e Islas del Atlántico Sur, ante una eventual visita del presidente de la Nación Más allá de las razones concretas - que algunos atribuyen a un exceso de celo por parte de funcionarios obsequiosos -, el episodio ofrece una oportunidad para una reflexión más amplia.

Hay instituciones que, por su propia naturaleza, están obligadas a una forma particular de prudencia. Los museos históricos son una de ellas. Su autoridad descansa precisamente en la confianza del visitante en que lo que allí se exhibe ha sido seleccionado, ordenado y contextualizado con un mínimo de rigor. Esa confianza es frágil y se resiente si el museo deja de ser un espacio de reconstrucción para convertirse en un espacio de intervención.

El reciente debate en torno a lo ocurrido en ese museo - presentado en algunos ámbitos como un episodio de censura y en otros como una corrección de contenidos - revela, en el fondo, una dificultad más profunda: la tentación de utilizar el espacio museográfico como herramienta de una narrativa cerrada, impermeable a matices. El problema no es nuevo. La historia argentina reciente - atravesada por la violencia política, la represión ilegal y la guerra de 1982 - es particularmente sensible a este tipo de operaciones.

En ese contexto, el museo debería ofrecer algo que hoy parece escaso: complejidad. Porque complejidad no significa relativizar los hechos. Significa, por el contrario, resistir la tentación de simplificarlos.

Un museo sobre Malvinas no puede reducirse a una épica sin fisuras, pero tampoco a una lectura exclusivamente crítica que diluya el significado que ese episodio tiene para amplios sectores de la sociedad.

La cuestión de fondo es si el museo conserva su vocación de espacio de conocimiento o si se transforma, gradualmente, en un dispositivo de persuasión. Porque la diferencia no es menor. Un museo que enseña expone tensiones. Un museo que persuade las resuelve de antemano. Y cuando eso ocurre, el visitante ya no recorre una historia: recorre una conclusión con una carga ideologica.

Tal vez el desafío más exigente de nuestras instituciones culturales no sea tomar partido, sino sostener el rigor incluso cuando el tema invita a abandonarlo. Porque si algo no puede permitirse un museo histórico es convertir la memoria en un argumento.

Adaptado de: https://www.lanacion.com.arleditoriales/museos-memoria-y-rigor-nid21042026/

Considere el siguiente fragmento del texto: Tal vez el desafío más exigente de nuestras instituciones culturales no sea tomar partido, sino sostener el rigor incluso cuando el tema invita a abandonarlo. En este enunciado, el conector sino establece una relación de rectificación entre dos ideas contrapuestas, sustituyendo la primera por la segunda. Señale el equivalente MÁS ADECUADO de este conector en portugués, manteniendo el mismo valor semántico y funcional.

 

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Museos, memoria y rigor

Cuando los museos históricos se convierten en espacios de intervención narrativa, el problema ya no es qué se muestra, sino cómo se construye el sentido de lo mostrado.

En las últimas semanas se informó sobre la remoción u ocultamiento de determinadas piezas en el Museo Malvinas e Islas del Atlántico Sur, ante una eventual visita del presidente de la Nación Más allá de las razones concretas - que algunos atribuyen a un exceso de celo por parte de funcionarios obsequiosos -, el episodio ofrece una oportunidad para una reflexión más amplia.

Hay instituciones que, por su propia naturaleza, están obligadas a una forma particular de prudencia. Los museos históricos son una de ellas. Su autoridad descansa precisamente en la confianza del visitante en que lo que allí se exhibe ha sido seleccionado, ordenado y contextualizado con un mínimo de rigor. Esa confianza es frágil y se resiente si el museo deja de ser un espacio de reconstrucción para convertirse en un espacio de intervención.

El reciente debate en torno a lo ocurrido en ese museo - presentado en algunos ámbitos como un episodio de censura y en otros como una corrección de contenidos - revela, en el fondo, una dificultad más profunda: la tentación de utilizar el espacio museográfico como herramienta de una narrativa cerrada, impermeable a matices. El problema no es nuevo. La historia argentina reciente - atravesada por la violencia política, la represión ilegal y la guerra de 1982 - es particularmente sensible a este tipo de operaciones.

En ese contexto, el museo debería ofrecer algo que hoy parece escaso: complejidad. Porque complejidad no significa relativizar los hechos. Significa, por el contrario, resistir la tentación de simplificarlos.

Un museo sobre Malvinas no puede reducirse a una épica sin fisuras, pero tampoco a una lectura exclusivamente crítica que diluya el significado que ese episodio tiene para amplios sectores de la sociedad.

La cuestión de fondo es si el museo conserva su vocación de espacio de conocimiento o si se transforma, gradualmente, en un dispositivo de persuasión. Porque la diferencia no es menor. Un museo que enseña expone tensiones. Un museo que persuade las resuelve de antemano. Y cuando eso ocurre, el visitante ya no recorre una historia: recorre una conclusión con una carga ideologica.

Tal vez el desafío más exigente de nuestras instituciones culturales no sea tomar partido, sino sostener el rigor incluso cuando el tema invita a abandonarlo. Porque si algo no puede permitirse un museo histórico es convertir la memoria en un argumento.

Adaptado de: https://www.lanacion.com.arleditoriales/museos-memoria-y-rigor-nid21042026/

En la expresión remoción u ocultamiento, el empleo de la conjunción u en lugar de o se justifica por:

 

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Cuando los museos históricos se convierten en espacios de intervención narrativa, el problema ya no es qué se muestra, sino cómo se construye el sentido de lo mostrado.

En las últimas semanas se informó sobre la remoción u ocultamiento de determinadas piezas en el Museo Malvinas e Islas del Atlántico Sur, ante una eventual visita del presidente de la Nación Más allá de las razones concretas - que algunos atribuyen a un exceso de celo por parte de funcionarios obsequiosos -, el episodio ofrece una oportunidad para una reflexión más amplia.

Hay instituciones que, por su propia naturaleza, están obligadas a una forma particular de prudencia. Los museos históricos son una de ellas. Su autoridad descansa precisamente en la confianza del visitante en que lo que allí se exhibe ha sido seleccionado, ordenado y contextualizado con un mínimo de rigor. Esa confianza es frágil y se resiente si el museo deja de ser un espacio de reconstrucción para convertirse en un espacio de intervención.

El reciente debate en torno a lo ocurrido en ese museo - presentado en algunos ámbitos como un episodio de censura y en otros como una corrección de contenidos - revela, en el fondo, una dificultad más profunda: la tentación de utilizar el espacio museográfico como herramienta de una narrativa cerrada, impermeable a matices. El problema no es nuevo. La historia argentina reciente - atravesada por la violencia política, la represión ilegal y la guerra de 1982 - es particularmente sensible a este tipo de operaciones.

En ese contexto, el museo debería ofrecer algo que hoy parece escaso: complejidad. Porque complejidad no significa relativizar los hechos. Significa, por el contrario, resistir la tentación de simplificarlos.

Un museo sobre Malvinas no puede reducirse a una épica sin fisuras, pero tampoco a una lectura exclusivamente crítica que diluya el significado que ese episodio tiene para amplios sectores de la sociedad.

La cuestión de fondo es si el museo conserva su vocación de espacio de conocimiento o si se transforma, gradualmente, en un dispositivo de persuasión. Porque la diferencia no es menor. Un museo que enseña expone tensiones. Un museo que persuade las resuelve de antemano. Y cuando eso ocurre, el visitante ya no recorre una historia: recorre una conclusión con una carga ideologica.

Tal vez el desafío más exigente de nuestras instituciones culturales no sea tomar partido, sino sostener el rigor incluso cuando el tema invita a abandonarlo. Porque si algo no puede permitirse un museo histórico es convertir la memoria en un argumento.

Adaptado de: https://www.lanacion.com.arleditoriales/museos-memoria-y-rigor-nid21042026/

A partir de las inferencias posibles del texto, evalúe las siguientes interpretaciones sobre la función del museo y la noción de confianza del visitante:

(1ª parte): Cuando el autor afirma que la confianza del visitante es frágil, sugiere que el público carece de formación suficiente para interpretar contenidos históricos complejos.

(2ª parte): El autor sostiene que el museo debe mantener una función de conocimiento más que de persuasión.

Se puede afirmar que:

 

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Cuando los museos históricos se convierten en espacios de intervención narrativa, el problema ya no es qué se muestra, sino cómo se construye el sentido de lo mostrado.

En las últimas semanas se informó sobre la remoción u ocultamiento de determinadas piezas en el Museo Malvinas e Islas del Atlántico Sur, ante una eventual visita del presidente de la Nación Más allá de las razones concretas - que algunos atribuyen a un exceso de celo por parte de funcionarios obsequiosos -, el episodio ofrece una oportunidad para una reflexión más amplia.

Hay instituciones que, por su propia naturaleza, están obligadas a una forma particular de prudencia. Los museos históricos son una de ellas. Su autoridad descansa precisamente en la confianza del visitante en que lo que allí se exhibe ha sido seleccionado, ordenado y contextualizado con un mínimo de rigor. Esa confianza es frágil y se resiente si el museo deja de ser un espacio de reconstrucción para convertirse en un espacio de intervención.

El reciente debate en torno a lo ocurrido en ese museo - presentado en algunos ámbitos como un episodio de censura y en otros como una corrección de contenidos - revela, en el fondo, una dificultad más profunda: la tentación de utilizar el espacio museográfico como herramienta de una narrativa cerrada, impermeable a matices. El problema no es nuevo. La historia argentina reciente - atravesada por la violencia política, la represión ilegal y la guerra de 1982 - es particularmente sensible a este tipo de operaciones.

En ese contexto, el museo debería ofrecer algo que hoy parece escaso: complejidad. Porque complejidad no significa relativizar los hechos. Significa, por el contrario, resistir la tentación de simplificarlos.

Un museo sobre Malvinas no puede reducirse a una épica sin fisuras, pero tampoco a una lectura exclusivamente crítica que diluya el significado que ese episodio tiene para amplios sectores de la sociedad.

La cuestión de fondo es si el museo conserva su vocación de espacio de conocimiento o si se transforma, gradualmente, en un dispositivo de persuasión. Porque la diferencia no es menor. Un museo que enseña expone tensiones. Un museo que persuade las resuelve de antemano. Y cuando eso ocurre, el visitante ya no recorre una historia: recorre una conclusión con una carga ideologica.

Tal vez el desafío más exigente de nuestras instituciones culturales no sea tomar partido, sino sostener el rigor incluso cuando el tema invita a abandonarlo. Porque si algo no puede permitirse un museo histórico es convertir la memoria en un argumento.

Adaptado de: https://www.lanacion.com.arleditoriales/museos-memoria-y-rigor-nid21042026/

A partir del último párrafo, puede inferirse que un museo que convierte la memoria en un argumento:

 

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En las últimas semanas se informó sobre la remoción u ocultamiento de determinadas piezas en el Museo Malvinas e Islas del Atlántico Sur, ante una eventual visita del presidente de la Nación Más allá de las razones concretas - que algunos atribuyen a un exceso de celo por parte de funcionarios obsequiosos -, el episodio ofrece una oportunidad para una reflexión más amplia.

Hay instituciones que, por su propia naturaleza, están obligadas a una forma particular de prudencia. Los museos históricos son una de ellas. Su autoridad descansa precisamente en la confianza del visitante en que lo que allí se exhibe ha sido seleccionado, ordenado y contextualizado con un mínimo de rigor. Esa confianza es frágil y se resiente si el museo deja de ser un espacio de reconstrucción para convertirse en un espacio de intervención.

El reciente debate en torno a lo ocurrido en ese museo - presentado en algunos ámbitos como un episodio de censura y en otros como una corrección de contenidos - revela, en el fondo, una dificultad más profunda: la tentación de utilizar el espacio museográfico como herramienta de una narrativa cerrada, impermeable a matices. El problema no es nuevo. La historia argentina reciente - atravesada por la violencia política, la represión ilegal y la guerra de 1982 - es particularmente sensible a este tipo de operaciones.

En ese contexto, el museo debería ofrecer algo que hoy parece escaso: complejidad. Porque complejidad no significa relativizar los hechos. Significa, por el contrario, resistir la tentación de simplificarlos.

Un museo sobre Malvinas no puede reducirse a una épica sin fisuras, pero tampoco a una lectura exclusivamente crítica que diluya el significado que ese episodio tiene para amplios sectores de la sociedad.

La cuestión de fondo es si el museo conserva su vocación de espacio de conocimiento o si se transforma, gradualmente, en un dispositivo de persuasión. Porque la diferencia no es menor. Un museo que enseña expone tensiones. Un museo que persuade las resuelve de antemano. Y cuando eso ocurre, el visitante ya no recorre una historia: recorre una conclusión con una carga ideologica.

Tal vez el desafío más exigente de nuestras instituciones culturales no sea tomar partido, sino sostener el rigor incluso cuando el tema invita a abandonarlo. Porque si algo no puede permitirse un museo histórico es convertir la memoria en un argumento.

Adaptado de: https://www.lanacion.com.arleditoriales/museos-memoria-y-rigor-nid21042026/

En el marco de la argumentación del texto, la expresión tentación de utilizar el espacio museográfico como herramienta de una narrativa cerrada, en el cuarto párrafo, alude, principalmente, a:

 

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En las últimas semanas se informó sobre la remoción u ocultamiento de determinadas piezas en el Museo Malvinas e Islas del Atlántico Sur, ante una eventual visita del presidente de la Nación Más allá de las razones concretas - que algunos atribuyen a un exceso de celo por parte de funcionarios obsequiosos -, el episodio ofrece una oportunidad para una reflexión más amplia.

Hay instituciones que, por su propia naturaleza, están obligadas a una forma particular de prudencia. Los museos históricos son una de ellas. Su autoridad descansa precisamente en la confianza del visitante en que lo que allí se exhibe ha sido seleccionado, ordenado y contextualizado con un mínimo de rigor. Esa confianza es frágil y se resiente si el museo deja de ser un espacio de reconstrucción para convertirse en un espacio de intervención.

El reciente debate en torno a lo ocurrido en ese museo - presentado en algunos ámbitos como un episodio de censura y en otros como una corrección de contenidos - revela, en el fondo, una dificultad más profunda: la tentación de utilizar el espacio museográfico como herramienta de una narrativa cerrada, impermeable a matices. El problema no es nuevo. La historia argentina reciente - atravesada por la violencia política, la represión ilegal y la guerra de 1982 - es particularmente sensible a este tipo de operaciones.

En ese contexto, el museo debería ofrecer algo que hoy parece escaso: complejidad. Porque complejidad no significa relativizar los hechos. Significa, por el contrario, resistir la tentación de simplificarlos.

Un museo sobre Malvinas no puede reducirse a una épica sin fisuras, pero tampoco a una lectura exclusivamente crítica que diluya el significado que ese episodio tiene para amplios sectores de la sociedad.

La cuestión de fondo es si el museo conserva su vocación de espacio de conocimiento o si se transforma, gradualmente, en un dispositivo de persuasión. Porque la diferencia no es menor. Un museo que enseña expone tensiones. Un museo que persuade las resuelve de antemano. Y cuando eso ocurre, el visitante ya no recorre una historia: recorre una conclusión con una carga ideologica.

Tal vez el desafío más exigente de nuestras instituciones culturales no sea tomar partido, sino sostener el rigor incluso cuando el tema invita a abandonarlo. Porque si algo no puede permitirse un museo histórico es convertir la memoria en un argumento.

Adaptado de: https://www.lanacion.com.arleditoriales/museos-memoria-y-rigor-nid21042026/

A partir del tratamiento que el texto otorga a la noción de complejidad, se infiere que esta implica:

 

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Cuando los museos históricos se convierten en espacios de intervención narrativa, el problema ya no es qué se muestra, sino cómo se construye el sentido de lo mostrado.

En las últimas semanas se informó sobre la remoción u ocultamiento de determinadas piezas en el Museo Malvinas e Islas del Atlántico Sur, ante una eventual visita del presidente de la Nación Más allá de las razones concretas - que algunos atribuyen a un exceso de celo por parte de funcionarios obsequiosos -, el episodio ofrece una oportunidad para una reflexión más amplia.

Hay instituciones que, por su propia naturaleza, están obligadas a una forma particular de prudencia. Los museos históricos son una de ellas. Su autoridad descansa precisamente en la confianza del visitante en que lo que allí se exhibe ha sido seleccionado, ordenado y contextualizado con un mínimo de rigor. Esa confianza es frágil y se resiente si el museo deja de ser un espacio de reconstrucción para convertirse en un espacio de intervención.

El reciente debate en torno a lo ocurrido en ese museo - presentado en algunos ámbitos como un episodio de censura y en otros como una corrección de contenidos - revela, en el fondo, una dificultad más profunda: la tentación de utilizar el espacio museográfico como herramienta de una narrativa cerrada, impermeable a matices. El problema no es nuevo. La historia argentina reciente - atravesada por la violencia política, la represión ilegal y la guerra de 1982 - es particularmente sensible a este tipo de operaciones.

En ese contexto, el museo debería ofrecer algo que hoy parece escaso: complejidad. Porque complejidad no significa relativizar los hechos. Significa, por el contrario, resistir la tentación de simplificarlos.

Un museo sobre Malvinas no puede reducirse a una épica sin fisuras, pero tampoco a una lectura exclusivamente crítica que diluya el significado que ese episodio tiene para amplios sectores de la sociedad.

La cuestión de fondo es si el museo conserva su vocación de espacio de conocimiento o si se transforma, gradualmente, en un dispositivo de persuasión. Porque la diferencia no es menor. Un museo que enseña expone tensiones. Un museo que persuade las resuelve de antemano. Y cuando eso ocurre, el visitante ya no recorre una historia: recorre una conclusión con una carga ideologica.

Tal vez el desafío más exigente de nuestras instituciones culturales no sea tomar partido, sino sostener el rigor incluso cuando el tema invita a abandonarlo. Porque si algo no puede permitirse un museo histórico es convertir la memoria en un argumento.

Adaptado de: https://www.lanacion.com.arleditoriales/museos-memoria-y-rigor-nid21042026/

Considerando las ideas y la organización argumentativa del texto, analice las afirmaciones siguientes:

I. La tesis central del texto sostiene que los museos históricos deben privilegiar una pluralidad irrestricta de voces, aun a costa de la coherencia de la exposición.

II. La oposición conceptual predominante en el texto se articula en torno a la tensión entre memoria y olvido como ejes explicativos del conflicto museográfico.

En relación con las afirmaciones, se puede afirmar que:

 

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